domingo, 11 de marzo de 2012

VIENTO


Puedo oír el rugir del viento en perfecta armonía, la danza de una masa informe cabalgando los campos y las estepas en una noche de tez azul.

Troncos y ramas azotados y magullados por la inclemencia de su placer, de su libertad, de su caminar.

Penetra en mi, el canto abrumador de la voz sin palabra alguna, que calla, lo que por gritar no pudo decir.

El silbar del viento claudica mi atención y mece plácidamente mi imaginación.

Comienzo a sentir su azote dentro de mi, movido y elevado por un remolino que convierte mi piel en plural orquesta de hojas otoñales.

Me expando en tierra y polvo por copas y veredas, a la deriva como una nota musical en un mar de pentagramas.

En infinito bailar me estremezco por la belleza de la libertad.

En tormo a mi se declaran manifiestos y verbos escritos en un lenguaje sin forma, versos olvidados, manuscritos redactados en el cuero da la piedra.

Un indomable espíritu rige la razón de su existencia, una salvaje fuerza alejada del dominio del hombre.

Dejé de ser hombre y quise ser viento.

Una fuerza superior a las palabras que la describen.